Descubriendo otro modo de criar, de sentir, de vivir... el que me enseña mi pequeño cada día
Jul 16, 2011

Posted by in A flor de piel..., Cesárea, Cómo Pequico llegó a nuestras vidas, Maternidad, Parto | 5 Comments

El día que tú naciste

El día que tú naciste

                                                         Si acabas de llegar al blog, te aconsejo que leas primero Los 9 meses que fuimos uno sólo y Comienza la cuenta atrás.

Aún no asomaba ni un rayo de luz por la ventana, pero yo ya llevaba despierta un rato. Miré de nuevo el despertador, las seis de la mañana. Esa noche me había costado mucho conciliar el sueño; por más que intentara disimularlo delante de tu papá y de tu tita, estaba nerviosa. Di un par de vueltas en la cama intranquila, finalmente me giré y me quedé boca arriba, acariciando mi barriga, intentando sentirte a través de la piel. Y una vez más intenté hablarte, no sé si llegué a susurrar o sólo te llamaba en mis pensamientos: – Mi amor, es la hora, sé que estás muy agustito ahí, pero tienes que salir ya. Mami te va a llenar de mimos, besitos y abrazos. Venga cariño, vamos-.

Una fuerte contracción me sacudió, como si estuvieras respondiendo a mi llamada. Pasó un rato y de nuevo te sentí moverte en mi interior. Esperanzada, comencé a contar los minutos, uno, dos, tres… – Por favor, que venga otra, por favor…- nueve, diez… nada. Llevaba así toda la noche, bueno, en realidad las últimas semanas; al oscurecer, mi cuerpo parecía comenzar a entrenarse para lo que se avecinaba, mi útero se estaba preparando, podía sentirlo. Pero las contracciones no eran rítmicas y regulares, solían darme varias seguidas y luego paraba. Y ahora, ya no había más tiempo, en unas horas, si tú no te decidías a salir al mundo, iban a inducirme tu llegada.

Tita Beva vivía muy cerquita del hospital. Habíamos planeado “mudarnos” allí esta semana, para así, cuando llegara “el momento” poder tomárnoslo con más calma. Finalmente, los últimos acontecimientos, habían anulado el factor sorpresa, y anoche nos vinimos cargados con mi maleta y la tuya, la carpeta con todas las pruebas e informes y algunos chismes más; pero sobre todo, llegamos llenos de ilusión y de ganas locas por conocerte, e intentando reprimir el inevitable miedo y preocupación, por que todo saliera bien.

No tardamos mucho en prepararnos, tras mi habitual chute de insulina mañanero, nos fuimos al hospital caminando. Era lunes a primera hora y el tráfico era intenso. Tu papi y tu tata iban bromeando y yo les sonreía, aunque me sentía igual que antes de un examen de oposición. Tuvimos que esperar un rato para hacer el ingreso. A las nueve menos cuarto, nos llamaron para realizar el papeleo y desde allí nos mandaron directos a hacerme un monitor, no subimos a la habitación hasta pasadas las diez. Mientras me enchufaba los cables, intenté preguntar a la matrona por cómo iba a ser el proceso, pero yo no estaba muy locuaz y ella tampoco estaba muy por la labor.

Decidí no insistir y que las cosas siguiesen su curso. No sé por qué diantres, me sentía tan pequeña y frágil, tan a merced de los demás, como si no tener el control de la situación, me anulara en cierto modo. La ita no tardó mucho en llegar, y yo me alegré mucho de tener a mi mamá allí conmigo. Una vez en la habitación, comenzó el protocolo de rigor: que si ponte este camisoncito, ahora te extraemos sangre, que si tómate un zumo, sin azúcar por favor; menos mal que el enema hizo efecto rápido, quizá ayudaron los nervios. Y todo entre risas y alguna que otra foto.

Todavía pasó una hora más hasta que me bajaron al paritorio, a la sala de dilatación; a mi lado y pendiente en todo momento de mí, estaba papá. Se armaron un poco de lío, con si era diábetica o la diabetes era gestacional, (aunque yo se lo aclaré varias veces). Tras llamar a mi ginecóloga, me dijeron que me iban a aplicar un protocolo para diabéticos. Así que además del lactacto y la oxitocina, me tenían que conectar a una bomba de perfusión que me administraría suero glucosado e insulina, para mantener mi azúcar en niveles óptimos. La enfermera estuvo un buen rato, enganchando y desenganchando tubos a la vía, aquello parecía una labor de fontanería. Era una chica joven y muy amable, y estuvimos bromeando un rato. Parecía que de nuevo era yo.

Me tenían que controlar la glucemia cada hora. La matrona, confesó que era la primera vez que utilizaba un glucometer y tuve que explicarle yo como funcionaba. Además decía que le daba mucho repelús pincharme y, cada vez que lo hacía, miraba hacia otro lado y pegaba un gritito. Por mucho que yo insistí: “De verdad, déjeme hacerlo a mí, que llevo pinchándome seis veces al día desde el segundo trimestre del embarazo”, no hubo manera… “No, no, princesa, es mi labor, por mucha cosa que me dé, te lo tengo que hacer yo”. Mientras tanto, yo no podía evitar pensar… “Espero que de traer niños al mundo controle un poco más…”

El tiempo pasaba, pero de momento, las contracciones eran leves y muy espaciadas. Cuando llevábamos allí un buen rato, nos sobresaltaron los gritos de la chica de la sala de al lado, que también estaba para una inducción. ¿Estaría ya de parto? En esto que oímos la voz de mi matrona diciéndole: “Princesa, es que un tacto duele, si no quieres dolor ponte la epidural”, seguido de “Uf! Esto está muy verde”. No tardó ni cinco minutos en pedir que llamaran al anestesista. Así que cuando vimos a la matrona aparecer por la puerta, ya sabía lo que me esperaba, pero no tenía miedo, yo podía con aquello y más y estaba dispuesta a ponerlo todo de mi parte, contuve la respiración, exhalé profundamente y me relajé, pasó rápido. ¿El juicio clínico? Aquello estaba verde, pero que muy verde.

Yo seguía con pocas contracciones, pero no tenía prisa, intuía que aún faltaba bastante tiempo e intentaba reservar las fuerzas. Cerca del mediodía, apareció la ginecóloga, me exploró de nuevo (menos mal que con mayor suavidad que la matrona); sólo había dilatado 3cm, y me dijo que iba a romper la bolsa. Fue una sensación rara, de vacío… Me pregunté que estarías sintiendo tú, ahí dentro. Las horas siguientes están un poco difusas en mi mente. Seguíamos con los controles glucémicos, que mostraban que mi azúcar estaba bien (entre 90 y 100). Recuerdo, que al final conseguí convencer, bajo fuerte coacción, a tu papi, para que saliese cinco minutos a tomar algo; y cómo no pude evitar sentir un poco de envidia ,al oír los gritos de alegría en el paritorio (la otra chica había dado luz).

Las contracciones iban siendo cada vez más fuertes, pero aún soportables. El anestesista llegó para ponerle la epidural a otra parturienta y me preguntó si la quería también. Pero yo preferí esperar, tenía miedo de que al ponerla, dejara de progresar el trabajo de parto. Además, me encontraba bien; no había podido experimentar esa emoción que se debe sentir al descubrir que tu bebé ha decidido que ya es la hora, así que al menos, quería notar un poco en mis carnes, que estaba trayéndote al mundo.

La matrona hizo varios tactos más y siempre decía lo mismo: “Esto está muy verde…” Hacía ya bastante tiempo que le había dado orden a la enfermera (o auxiliar, no estoy segura de quién era) de que subiera la synto (oxitocina), de 3 a 5 (eso fue lo que oímos papá y yo, no sé si se corresponde con algún valor médico) y las contracciones ya eran rítmicas y cada vez más fuertes. Pero al parecer “la cosa seguía verde”. Después de realizarme un nuevo tacto, no recuerdo exactamente la hora, y proferir otros cuantos gruñidos, la matrona afirmó que seguía más o menos igual, y la compañera le preguntó si no habría que subirme un poco más la oxitocina. La otra respondió, que sí: “Subésela, ¿cuánto?, pues no sé, a 15 mismo”, sentenció con desgana. Nos dejaron un momento a solas y pude confesar mi temor a tu padre: “Como esto se alargue mucho me van a hacer una cesárea”. Él como siempre me animó y me dijo que no preocupara.

Y entonces comenzó a precipitarse todo. Las contracciones empezaron a subir de intensidad y a sucederse en intervalos más cortos. Tuve que poner en práctica todo lo que sabía sobre respiración diafragmática y relajación, y lo que había aprendido en las clases de preparación al parto. Cada contracción era más fuerte y duraba más, empezaron a ser tan seguidas que apenas daba tiempo a recuperar el aliento entre una y otra. Tu padre no se separaba de mí ni un momento, y yo apretaba fuerte su mano, tenía que hacerle daño, pero él no se quejó ni un momento, sólo tenía palabras de aliento para mí. Aquello iba en crescendo muy rápido y me habían avisado que cuando llamara al anestesista, tardaría un rato, así que pensé que era el momento de pedir la epidural. Y efectivamente tardó en venir, algo más de una hora. Mientras tanto los controles mostraban que mi nivel de glucemia estaba bajando (sobre las seis de la tarde estaba en ochenta y algo). Empezaron a fallarme un poco las fuerzas, cada nueva contracción sacudía todo mi cuerpo y comenzaron a temblarme las piernas. Mi cuerpo estaba dando los primeros signos de debilidad, pero mi cabeza aún estaba fuerte, pensar en ti y en que pronto te vería me ayudaba.

A las siete tenía 65 de azúcar, eso explicaba por qué temblaba todo mi cuerpo. Tras consultar a la ginecóloga, me quitaron el suero glucosado y la insulina. Al poco, llegó el anestesista, les pureó al ver mi glucemia y me hizo un nuevo control, resultado 61. Dijo que estaba hipoglucémica, que en esas condiciones no podía ponerme la epidural y mandó que me administraran de nuevo suero glucosado. Había que esperar a que recuperara un nivel normal. Un rato después, apareció la ginecóloga y me hizo un tacto; ya había dilatado bastante pero “aún quedaba lo más duro”, utilizando sus propias palabras. Me dijo también, que ella había atendido partos sin epidural y sabía lo doloroso que era, pero que no me quedaba otra que aguantar. Yo asentí con una sonrisa y le repliqué que claro que aguantaría.

Pero en verdad fue ahí fue cuando empecé a desmoronarme, las contracciones se sucedían desde hacía mucho, cada minuto, y lo peor no era el dolor sino la sensación de que mi cuerpo no podía más, sentía que me iba a desvanecer. En el paritorio de al lado de nuevo risas, otro bebé había llegado al mundo. Podía leer en las caras de tu padre y de la ita, la preocupación, aunque intentaban ocultarlo. Yo no podía ni hablar, sólo me concentraba en aguantar. Y así pasó una hora más. La analítica no llegaba, por allí no aparecía nadie y tu padre no pudo más, se fue a la sala de al lado a pedir explicaciones, cuánto tiempo era posible que tardara una analítica de sangre. Apareció la nueva anestesista (se ve que acababan de hacer cambio de turno), estuvo mirando el monitor y empezó a dar órdenes por allí, en esos momentos yo ya no oía nada.

Llegó de nuevo la ginecóloga y me exploró, ya estaba de 8cm pero ella aún no podía tocar tu cabeza. La anestesista dijo, palabras textuales, que “llevabas un rato paradico”, mientras señalaba el monitor. Se cruzaron varias miradas, que yo no llegaba a comprender. Se dirigió de nuevo a la ginecóloga y le preguntó que cómo íba a proceder para ver que tipo de anestesia ponerme. Lo que respondió lo tengo a fuego grabado en mi memoria: “Es una pena, porque por aquí abajo esto tiene una pinta estupenda, pero el bebé está todavía muy arriba, aún nos queda lo más duro y tú estás muy débil; creo que lo mejor es hacerte una cesárea ahora mismo, sino vamos a tener que hacerla de urgencia”. Yo no terminaba de entender, entonces, ¿era o no urgente? Pero mi cabeza sólo pensaba en sus miradas, la anestesista mirando el monitor… ¿estarías bien? Y me entró miedo, sinceramente, sentí que ya no podía aguantar más. Oí decir a tu padre que si no había otra posibilidad, que no me conocían, que yo era muy fuerte. Pero yo tiré la toalla, me rendí y les dije, que hicieran lo que tuvieran que hacer, que a mí ya sólo me importaba que tú estuvieras bien. Y entonces, todos empezaron a correr.

El ito me besó y me dijo que todo iba a ir bien. Tu padre me acompañó hasta la misma puerta del quirófano, sin soltar mi mano. Lo último que vi antes de cerrarse las puertas fue su cara sonriente y tranquilizadora, aunque sé que justo después, una lágrima recorrió su mejilla. Él sabía de mis ilusiones y de mis temores, y esta vez habían salido victoriosos los últimos. El quirófano era un bullir de gente entrando y saliendo. Cada nueva contracción, ponía un poco más al límite mis fuerzas, me agarré a aquella camilla fría como si en ello me fuera la vida. Pasaron varios minutos que a mí se me hicieron horas hasta que el pinchazo puso fin al dolor. Sentí como se dormían mis piernas y unas fuertes ganas de vomitar.

Ya no me dolía, pero cuando me abrieron notaba como si tuviera una lavadora en mi barriga. Y entonces la ginecóloga exclamó: “LLeva dos vueltas de cordón” y levantándote por encima de la sábana que tapaba mi visión dijo: “Mira mami, aquí tienes a tu niño”. Y esa vez fue la primera vez que te vi, todo ensangrentado y con el cordón umbilical rodeando tu cuello como si fuera un collar de perlas. Para mí, la cosa más maravillosa y bonita del mundo.

El pediatra te cogió y yo ya no te veía, contuve la respiración, esperando oír lo que tanto ansiaba, tu llanto sonó como dulce melodía a mis oídos. Entonces, la matrona me dijo que iba a avisar a la familia de que todo iba bien (según tu padre, lo único bueno que hizo en todo el día). Alguien preguntó la hora, eran las 21:45 de un lunes 3 de mayo, y todo lo que había sufrido ese día había merecido la pena. Te acercaron a mí, para que pudiera ver tu carita y te besé. Mis ojos se llenaron de lágrimas de felicidad y se me encogió el corazón cuando nos separaron de nuevo. En un ratito, lo tienes contigo, me dijeron, pero yo ya no quería separarme de ti nunca más.

Terminaron de coserme y me llevaron a reanimación. Pregunté si no te podía tener allí conmigo pero me dijeron, que ese no era sitio para bebés. Se compadecieron de mí y dejaron pasar de uno en uno a papá, las titas y los abuelitos a verme, aunque yo no veía la hora de salir de allí y tenerte en mis brazos. Hasta tres veces, hice venir al intensivista, para decirle que estaba perfectamente y que me subieran ya a planta, pero él me dijo que hasta que no moviera las piernas, no podía ser. Por fin, la última vez, le mostré como conseguía flexionar un poco la rodilla, ayudándome de la mano. Comprobó una vez más las anotaciones de la enfermera y sonriéndome, dio orden de que me subieran a planta.

El camino se me hizo eterno, empezaba a notar dolor en la zona de la incisión y con cada movimiento de la camilla me encogía, pero la ilusión por nuestro reencuentro lo podía todo. En la habitación me aguardaban papá y los demás. Eran las 1:45 de la madrugada y la enfermera pareció sorprenderse cuando le dije que te trajera conmigo lo antes posible. ¡Y por fin estabas allí!, tan pequeño y frágil, mi Pequico. Como pudimos, te colocamos pegadito a mí, acurrucado junto a mi pecho, te lo ofrecí y tú te agarraste con avidez y destreza, como si fuera aquello lo que estabas esperando. Y yo sentí, que de nuevo éramos uno sólo y supe que nunca más nos separaríamos…

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Otras miradas...    
  • Vanesa Carballas

    Qué historia, me he emocionado toda!! También me parece muy fuerte lo del repelús con la prueba de insulina, ¿perdona? Esa señora se supone que debería estar cansada de pinchar, era para matarla!!
    Gracias por compartirla, un besote guapa!

    • Anonymous

      Gracias guapa. Besos para ti tambien

  • Pingback: Una mirada al otro lado | Una fecha imborrable

  • Jenni

    Que manera tan hermosa de relatar una historia tan dura. Te leo y casi me veo a mi, con diferencias pero con la misma raiz.

    • http://unamiradaalotrolado.com/ Mousikh

      Siento que tuvieras que pasar por algo así. Hace unos días leí tu relato de parto y fue una experiencia realmente dura. Ojalá contando lo que nos pasó, podamos ayudar a otras mujeres. Un abrazo

  • Pingback: ¿Qué es un parto respetado para ti? (Semana Mundial del Parto Respetado 2013) | Una mirada al otro lado

  • Vanesa

    Qué historia, me he emocionado toda!! También me parece muy fuerte lo del repelús con la prueba de insulina, ¿perdona? Esa señora se supone que debería estar cansada de pinchar, era para matarla!!
    Gracias por compartirla, un besote guapa!

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