Descubriendo otro modo de criar, de sentir, de vivir... el que me enseña mi pequeño cada día
Jul 1, 2011

Posted by in A flor de piel..., Cómo Pequico llegó a nuestras vidas, Embarazo, Maternidad | 0 Comments

Los 9 meses en que fuimos uno solo

Los 9 meses en que fuimos uno solo

Hoy me apetecía continuar con el pequeño viaje por la memoria que emprendí con Quiero ser madre y Un día feliz y dejar plasmado en el blog cómo transcurrió mi embarazo. Es difícil resumir en un post esos increíbles nueve meses en los que mi Pequico y yo fuimos uno solo, pero voy a intentarlo.

Recuerdo como si fuese ayer la primera visita al ginecólogo, se nos notaba a tres leguas qué éramos primerizos, con esa expresión  en la cara, mezcla entre ilusión y nerviosismo, un poco asustados pero sobre todo, felices. Aquel día vimos por primera vez a nuestro pequeño, tenía sólo siete semanas y apenas el tamaño de una habichuela, pero ya lo queríamos con todas nuestras fuerzas.

Las primeras semanas transcurrieron bastante bien, me sentía un poco hinchada y con mucha acidez, pero todo marchaba genial. Al principio sólo se lo contamos a un reducido círculo de familiares, pero después de que la Eco y el Screening de las 12 semanas indicasen que todo iba ok, nos animamos a hacerlo oficial y dar la noticia al resto de familiares y amigos. Yo, ilusa de mí, ya pensaba que me había librado de las naúseas matutinas, pero estando de 16 semanas, comencé a vomitarlo todo, y cuando digo todo, es cualquier alimento que me entrase en el cuerpo; nada de un poco de angustia mañanera, aquello era a todas horas. Menos mal, que tras asegurarme, por enésima vez, la ginecóloga que no iba a tener ningún efecto secundario para el bebito, comencé a tomar el bendito cariban. Seguía con mucha angustia y no me caía bien una comida, pero al menos no vomitaba tanto.

Cuando llevaba unas 20 semanas de gestación, en una de las  revisiones, nos llevamos un pequeño susto porque al tomarme la tensión la enfermera tenía 15/7. Esperamos un ratillo, por aquello de la tensión de la bata blanca, para volverla a tomar y me bajó un poco, pero por si las moscas, la gine me mandó que la controlara a diario y me realizara un análisis de orina de 24h. Al aumento de tensión (yo que soy hipotensa, de esas que en el verano se caen por los rincones si no van con su botellita de agua a todos lados) se sumó que comencé a hincharme alarmantemente. No sólo las piernas,  sino también la cara y las manos. Yo ya veía el fantasma de la preeclampsia asomando, pero por suerte, la proteinuria salió dentro de los límites normales. Así que la gine me prescribió: eliminar la sal de la dieta, caminar mucho y si subía de 14/9 a Urgencias. Yo me lo tomé al pie de la letra y andaba dos horas diarias, una por la mañana y otra por la tarde; y eso que estábamos en pleno invierno y hacía un frío… Pero me agencié el polar de mi marido (el mío obviamente no me cabía), un buen gorro orejero y una braga que me tapaba la cara y de esa guisa, y con bastón en mano, me hacía varios kilométros al día. Ni qué decir que mi perro estaba encantado.

Las caminatas me sentaron genial, retenía mucho menos líquido y mis controles diarios de tensión arterial estaban de nuevo de libro. Además, parecía que las naúseas iban remitiendo y volvía a recuperar mi apetito. Empecé a imaginar que, por fin, iba poder pegarme el típico atracón, que se pega toda embarazada de serie americana que se precie, o iba a tener los famosos antojos. Pero no me dio tiempo. A las 25 semanas, el test O’Sullivan dio positivo y la curva de glucosa completa confirmó que tenía diabetes gestacional.

Tenía que seguir una dieta especial y pincharme con el glucometer, antes y después de cada comida (o sea 6 pinchazos al día) y anotarlo todo. Como soy muy organizadita me hice una tabla de datos muy mona donde recogía los resultados de los controles de azúcar y un cuadrito para observaciones en el que, cuando superaban el valor óptimo (más de 95 antes de comer o 140 a la hora después) escribía qué había comido. Al principio conseguí controlarla sólo con dieta, pero pronto empezó a haber demasiados resultados en rojo, así que el endocrino me dijo que tenía que pincharme insulina. Esa tarde me dio un bajón considerable. Recuerdo que fui sola a la consulta (la única vez en todo el embarazo) y me pilló de improviso. En mi fuero interno tenía la esperanza de que todo el esfuerzo que estaba realizando diese sus frutos, así que no pude evitar sentir que no servido para nada y me desmoralicé. Pero bueno, no era el final del mundo, aprendí a pincharme yo misma y la insulina se convirtió en mi nueva compañera de viaje. En esas entremedias y para no privarme de nada, uno de los análisis hormonales, mostró que tenía un hipotiroidismo muy leve secundario al embarazo. En este caso, la solución era fácil, una pastillita al día y listo. Tanta prueba y   tanto control me dio para hacer el dossier que aparece en la foto.


Pasaban las semanas y el embarazo avanzaba.  Yo cada vez era más consciente de esa vida que se estaba gestando en mi interior y al miedo por cómo podía afectarle todo lo que me estaba pasando, le superaba, la inmensa sensación de dicha y felicidad que estaba experimentando. Quizá habrá quien, al leer los párrafos anteriores, pueda pensar que no tuve un buen embarazo, pero yo no lo viví así. Si mi Pequico llega algún día hasta estas líneas, me gustaría que supiera, que para mí, fueron nueve meses intensos y maravillosos. Es difícil describir como me sentía…¡radiante, pletórica! Consciente del pequeño milagro que se estaba obrando en mí. Recuerdo la alegría de las primeras pataditas, el nerviosismo antes de cada ecografía, la emoción cuando vimos tu carita en la 3D, nuestras “conversaciones rítmicas”, el calorcito en mi cara y las siestas del borrego escuchando a Mozart, mis canciones inventadas para ti, el brillo en los ojos de tu padre, las largas noches de insomnio en las que imaginaba cómo sería todo… ¡tantas sensaciones y sentimientos nuevos!

A las 27 semanas te diste la vuelta (“está en posición cefálica”, dijo la ginecóloga) y yo respiré aliviada. Parecía que todo estaba bajo control de nuevo: mi tensión arterial perfecta, la proteinuria seguía normal, había conseguido mantener el azúcar a raya, el streptococo B negativo (bien, por fin me libro de algo), me inquietaba llevar varias semanas sin ganar peso, pero ni al endocrino ni a la gine parecía preocuparles así que no quise darle más importancia. Llegaron las clases de preparación al parto (con tu papá a mi lado), los primeros monitores (que se hacían eternos porque era enchufarme a la máquina y quedarte tú dormido) y la frase que tanto esperaba: “Mousikh, todo marcha bien, así que vamos a esperar que venga por lo suyo”. La sombra de una posible inducción, que me había estado rondando parecía diluirse. Y yo, ya de 37 semanas, no podía creer que el momento de conocerte estuviese ya tan cerca…

Sin embargo, nada estaba escrito y las cosas no se sucederían tal y como imaginábamos; pero eso es historia para otro post…

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